La primera de las cartas que escribió Séneca a su joven discípulo Lucilio trata sobre el tiempo, en concreto, sobre la importancia de no perderlo. Compartiré unas líneas del gran filósofo cordobés y después unas reflexiones mías:
“De tal manera debes obrar, querido Lucilio, que seas dueño de ti mismo, y recoge y conserva el tiempo que acostumbran arrebatarte, sustraerte o que dejas perder. Persuádete de que te escribo cosas ciertas: nos arrebatan parte del tiempo, nos lo sustraen o lo dejamos perder. La peor de todas estas pérdidas es la que ocurre por negligencia propia; y, si atentamente lo consideras, verás que se emplea parte de la vida en obrar mal, mayor aún en no hacer nada, y toda en hacer lo contrario de lo que se debía. ¿Quién me presentarás que dé su verdadero valor al tiempo, que aprecie el día o que comprenda que diariamente se acerca a la muerte? Nos engañamos al considerar que la muerte está lejos de nosotros, cuando su mayor parte ha pasado ya, porque todo el tiempo transcurrido pertenece a la muerte. Haz, pues, querido Lucilio, lo que me escribes que haces: emplea bien todas las horas.”
Perder el tiempo es una de las formas más sutiles del daño. ¡No se tome a la ligera lo que acabo de afirmar!
- Daño a uno mismo: pues el tiempo que nosotros mismos perdemos ya no lo podemos recuperar. Era tiempo valiosísimo que nos pudo haber servido para aprender, para compartir, para crecer, para servir, para madurar, para crear. En cambio, lo perdimos y aquellas posibilidades fueron abortadas, y con ellas, un progreso futuro. Perder el tiempo en plataformas de entretenimiento o en estupideces como los chismes, es desperdiciar la propia vida. ¿Vale tan poco nuestra existencia para que se nos vaya de las manos en formas tan frívolas?
- Daño a los demás: habitualmente quien pierde su tiempo, también hace perder el tiempo a los demás. Invita, distrae, interrumpe, disturba o genera caos. Inventa pretextos para no dedicarse de lleno a nada y, cuando las cosas se le vienen encima, inventa otros pretextos para que los demás le apoyen. Hacer perder el tiempo a otro es una forma de robo, a sabiendas de que el tiempo es un recurso mucho más valioso y más escaso que otros bienes materiales con los que solemos asociar al hurto.
- Daño al bien común: la gente que pierde su vida en tonterías y que no aprovecha su tiempo, en el fondo resta su aporte a la comunidad, es una modalidad de la omisión y de la inacción, de la falta de solidaridad y el desinterés, por supuesto, de la injusticia, pues ese aporte que se deja de dar, alguien más lo tendrá que dar.
Pascal, otro gran filósofo, pero nacido dieciocho siglos después de Séneca, criticaba igual que éste, la pérdida de tiempo que, en el fondo, equivale a dilapidar la vida. Para él, el «divertissement» (diversión, divertimento, pérdida de tiempo), no se refería tanto al sano ocio y esparcimiento, sino a la propensión a ocuparnos en actividades que nos distraen del deber, que evitan que pensemos en los estratos más profundos de nuestra condición: amor, muerte, socialidad, responsabilidad, sentido. Así, en vez de trabajar con “inversión” de tiempo (dando todo al 100%) trabajo con “diversión” (a medias, haciendo como si trabajo, perdiendo el tiempo). Lo mismo ocurre con mi presencia en la familia, en los asuntos políticos, en los actos de culto. El tiempo que les dedico puede hacerse de manera intensa y fecunda, o con «divertissement», es decir, mediocremente.
Hay gente que piensa que los “talentos” que uno posee son habilidades y cualidades que nos caracterizan. Sí, comparto eso. Pero también cabe otra consideración: los talentos se refieren al tiempo. Nos fueron dados muchos años (algunos tal vez lleguen a una bienaventurada longevidad, otros tal vez nos vayamos antes); esos años tienen muchos días, y los días muchos minutos, y éstos, muchos segundos: nos fueron dados “muchos talentos”. La vida es como ese reloj de arena. Cada segundo es un granito de arena, imperceptible, insignificante y hasta despreciable. Pero conforme pasa el tiempo, forman una masa considerable y visible. Y así pasan los segundos, los minutos, las horas, los días, los años… ¡así pasa la vida!
El tiempo transcurrido, como decía Séneca, ya no nos pertenece, sino que pertenece a la muerte. De lo que sí disponemos libremente es de este instante presente, que podemos vivir plena, responsable y fecundamente. Pero como el presente es humilde y pequeñito, lo desdeñamos y lo perdemos, creyendo que no perdemos nada y que exagera quien considera que sí.